Pietro Gaglianò

“Yo una vez pasando hice una señal en un punto del espacio, aposta para poder encontrarlo doscientos millones de años después, cuando volvamos a pasar por allí en la próxima vuelta “.
Italo Calvino, Le cosmicomiche

La palabra “imagen” tiene la misma raíz que “imaginación”, y ambas tienen una tortuosa e incierta etimología que les hace ascender al latín ‘imitor’ (‘imitar‘, “reproducir‘). La imagen es por lo tanto siempre el resultado de una búsqueda de similitudes, pero en ninguna parte se especifica que el modelo deba a su vez ser algo visible. La imaginación procede de abstracciones, y los resultados a los que llega son, a veces, imágenes que antes no existían y que imitan una idea, un pensamiento, una emoción. La imagen permanece como testimonio de un concepto que necesita ser traducido en términos formales para ser comprensible y generalizado.

Hubo un tiempo – y todavía hay lugares – en el que la imagen se prohibía, para aumentar el valor de su origen, el aspecto inmaterial y la idea única de cual provenían, o para negarla por completo. La “sociedad del espectáculo” prefiere en cambio el exceso de producción de imágenes y estimula de manera sistemática, llegando, según Guy Debord, a la sustituir de los bienes como objetos de deseo. La diferencia entre estas formas y su origen es insalvable, y la distancia en la cual se pierde su significado representa el desierto de sentido en el que el observador asume el paradójico y didimeo papel de consumidor pasivo.

Entre la iconoclasia y la contaminación de los estímulos visuales, aun es posible formular una imagen, incluso donde parecen faltar las coordenadas para reconocerla, como en el relato de Calvino “en el espesor total de signos superpuestos y aglutinados.” En estas condiciones, dejar una señal, con las herramientas del pensamiento, del arte, de la inteligencia creativa, es incluso un desafío.

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