En un momento en que muchos turistas adoran convertirse en “jóvenes exploradores” creemos conveniente recordar la larga historia de Ulises, sin duda el navegante más famoso – a menudo no por su propia voluntad – que la literatura nos ha dado hasta el día de hoy.

Una especie de combinación de fuerzas que se oponen lo acompañan en el viaje: por un lado, la necesidad de aventura y por otro, la nostalgia de casa.
Al igual que con en los conflictos que golpean el espíritu humano, incluso en este caso, las artes literarias, visuales y escénicas – trataron de investigar este personaje, superando los engranajes de su mente, siempre en movimiento, adicto al trabajo, siempre creativo y complejo.
Dos artistas que vivieron a finales del siglo XIX y XX, de diversas estructuras sociales, delinearon los esquemas oximorónicos de Ulises.

Que Ulises, más o menos conscientemente, siempre haya tratado de superar sus limitaciones mortales es un hecho. No sólo por su obvio ὕβρις, sino también por su deseo innato de saber y de comprender los conocimientos que debían ser negados a la humanidad. Hay muchos episodios que demuestran ésto y se repiten varias veces en el poema homérico. El primero de todos, el deseo de Ulises de escuchar el sensual y cautivador canto de sirena. Este episodio, que siempre ha fascinado a los intelectuales, en cuanto evidencia un desafío titánico del hombre a sus límites en favor del conocimiento, está bien descrito por John William Waterhouse, uno de los últimos representantes del estilo prerrafaelitas.

El estilo está influenciado por sugerencias prerafaellitas y gusto victoriano. El naturalismo y la dulzura con la que se acarician los volúmenes de los personajes, material gráfico sofisticado y refinado que suaviza con casi demasiada piedad los rostros de las “monstruosas” sirenas. Son acompañados – en las obras de Waterhouse – por un sabor de “arqueológica” de temas de la mitología griega, por los que el pintor británico siente una fuerte atracción. Véanse, por ejemplo, las pinturas polícromas de estilo arcaico de la nave, o las figuras de las sirenas, a las que se da de nuevo su aspecto originario más antiguo, el de los pájaros con rostro de mujer.

El juego de miradas que se nace entre éstas últimas y los pobres compañeros de Ulises, sordos gracias a la cera que el itacense ha metido en sus oídos, genera episodios curiosos dentro del evento principal, de gusto narrativo y anecdótico.
Ulises, en cuya cara se expresa la tentación que esa visión, visual y auditiva, le está procurando, nos explica elocuentemente cuán dispuesto está a sacrificar para ver lo invisible, para probar lo prohibido, conocer lo inteligible. Ulises es un aventurero, ama la aventura en el sentido más filológico: advenire. Adevnire encarna el infinito, el infinito de cosas que están destinadas a venirnos en contra y a las que deberemos enfrentarnos. Sin embargo, es precisamente en estos casos en los que Ulises se traiciona. A cada paso que acorta el abismo que lo separa de la omnisciencia, la nostalgia se hace más fuerte, como si sintiera que el conocimiento proporciona necesariamente el abandono de sus afectos, como si sintiera que el conocimiento acompaña necesariamente el abandono de sus afectos, la pérdida de sí mismo, de lo que fue y lo que es . Este aut aut fue descrito en 2001 por el escritor Milan Kundera, en “La ignorancia”. Aquí, el autor representa a un hombre y una mujer que se encuentran por casualidad en su país de origen después de veinte años de ausencia. Las similitudes obvias con el antiguo poema homérico han obligado al escritor a escarbar dentro de este aparente paralelismo narrativo. El resultado es un análisis fascinante del sentimiento que atormenta a Ulises: la nostalgia.

La nostalgia se compone de dos palabras griegas: Nόστος (regreso) y Ἄλγος (dolor/ sufrimiento), es decir: el dolor del retorno. En el quinto canto de la Odisea, el protagonista se refiere en la hermosa Calipso con estas palabras:

“Diosa Poderosa, no te enojes conmigo por esto, sé bien yo también, que la sabia Penélope es inferior a ti”.

Sin embargo, a pesar de la superioridad de la Ninfa frente a la reina de Ítaca – también debida a la mortalidad de esta última, necesariamente destinada a marchitar su belleza – el héroe griego nos ilumina con una confesión conmovedora, lo que revela una humanidad casi inesperada: “Pero aún así deseo y quiero cada día volver a casa y ver el día del regreso “Citando a Kundera, Ulises quiere” ver el regreso [ … ] entre la dulce vida en un país extranjero y la peligrosa vuelta a casa, opta por regresar. A la exploración apasionada de lo desconocido (la aventura), prefirió la apoteosis de lo conocido (el regreso). El infinito (ya que la tiene la facultad de no tener fin), prefirió el fin (ya que el regreso es la reconciliación con la finitud de la vida)”. Arnold Böcklin, veintidós años mayor que Waterhouse y suizo de nacimiento, nos ha dejado una obra que refleja a la perfección el estado de ánimo del protagonista.

En comparación con muchos artistas contemporáneos a el, se dejó arrastrar por el pesimismo decadente que se extendía por Francia – como la fascinante poética oscura e inquietante de Moreau – manteniendose fiel al realismo básico que siempre caracterizará su obra. Como señala el Briganti, el mito, para Böcklin, no es lejano y ancestral en Moreau, sino muy cercano, casi “historizable”. La realidad misma incide en el mito. Los miedos, las ansiedades, los dramas inconscientes que los mitos sirven para exorcizar, desembarca con Böcklin sobre la tierra firme de una realidad lamentable y terrible. Calipso no es una ninfa, no está muy lejos de la vida cotidiana, podría ser “una bailarina de la Ópera del Estado, ni tan bella ni tan joven, mucho menos misteriosa. “ A su lado, en las rocas y arrecifes tan reales, cala sin embargo la inquietante figura de Ulises, como una momia, inmutable y sólido como un bloque de granito, en cuyo rostro se leen emociones antitéticas – ¿quedarse o no quedarse? ¿Infinito o finito? – lo está petrificado, como si estuvieran bajo la mirada de una Gorgona.

Ha pasado más de un siglo desde de la creación de estas obras. Sin embargo, siguen sorprendiéndonos. No conseguimos “digerir” a Ulises, no podemos dar por sentada su historia. Tal vez no asimilamos por completo la historia del héroe griego, porque nosotros somos Ulises. Si bien esto podia parecer obvio incluso en la antigüedad – y al final, ¿qué historia no se podría traducir en una metáfora para la humanidad? – hoy en día lo es aún más, ya que, respecto a los griegos rapsodi que cantaban este poema, respecto a los intelectuales que lo han preservado y traído hasta nosotros, respecto a la confusión de los artistas que antes y después de Waterhouse y Böcklin lo han elegido como tema de sus obras, nosotros tenemos una concepción muy diferente del espacio-tiempo. Para Dante, la “loca huida” de Ulises, se agotó en las Columnas de Hércules, el Estrecho de Gibraltar, la frontera con el ordenado y musical1 universo medieval. Apenas dos siglos después Colón pisará la arena de otro continente. A partir de aquel día el limen que separaba lo conocido de lo desconocido se ha ido ampliando: desde Américo Vespucci, los viajes del capitán Cook, y las expediciones antárticas, hasta el descubrimiento del espacio exterior y del satélite terrestre, el hombre siempre ha osado superarse, renovando ese pacto con Ulises. Al mismo tiempo, sin embargo, los mass media y el advenimiento de los sistemas tecnológicos de comunicación, han reducido en gran medida nuestra realidad: lo que antes estaba lejos, ahora está cerca, información que hasta hace un siglo tardaba días en llegar a su destino, está disponible casi instantáneamente.

Es obvio que en un mundo donde la fuerza de la expansión de las fronteras es directamente proporcional a la disminución de las distancias, también el sentido que el hombre da al viaje, a la aventura y a la nostalgia, muta considerablemente.
La principal diferencia entre el concepto de aventura en el poema homérico y en la sociedad actual, es el mismo concepto del limen. Para Ulises, existía en realidad un límite que encerraba toda la realidad accesible al hombre. Fuera de éste, se escondían todos los misterios y peligros que yacen detrás de lo desconocido. Incluso lo desconocido, de acuerdo con las descripciones que nos proporciona la Odisea, tiene bien definidos los límites: la isla de Polifemo, aquella de Circe y Calipso, están delimitadas, es decir, siempre tienen una referencia a lo real, con el “ya conocido” de Ulises. Incluso el infierno, que debería ser el lugar más ultraterreno, se nos presenta como un entorno material habitado por inmateriales, un resumen de lo palpable y lo impalpable. Lo desconocido, el advenire de Ulises, por un lado se extiende hasta el infinito, y por el otro necesita que éste se determine de alguna manera, que sea comprensible y no totalmente abstracto. Este compromiso parece fundamental para toda la peregrinación del itacense, quien desembarca siempre en un lugar preciso, confinado en una realidad nunca brumosa, nunca borrosa ni fácilmente soluble. Hoy en día esto es imposible: el limen se ha expandido de manera exponencial durante los siglos, hasta que ha cubierto toda la circunferencia de la tierra.

El hombre ha encontrado sus fronteras definitivas. Terminados éstos, impulsado por el mismo deseo de búsqueda – o ὕβρις – que torturó a Ulises, el hombre tuvo que dirigir la mirada hacia fuera del contexto en el que, claro está, ya no abarcaba solo más que una simple isla – por ejemplo, Ithaca – sino todo el geoide en el que vivimos. En el advenir que se esconde tras estos límites, no se esconde algo de tipo finito: el hombre realmente ha encontrado el infinito, ha encontrado realmente la raíz de la aventura. El universo es infinito, por definición, por lo tanto, imposible de concebir en toda su esencia. Mientras Ulises “del multiforme ingenio”, necesitaba tener una referencia con su experiencia sensorial, hoy el hombre está realmente dirigido a lo que él no conoce, lo que se puede imaginar, pero en realidad nunca percibe con los sentidos. A esta necesidad de aumentar la conciencia de lo conocible, se apoya el otro sentimiento que caracteriza a Ulises: La nostalgia. El dolor del héroe es causado principalmente por no saber lo que estaba pasando en su tierra natal, no saber cuáles eran las condiciones de salud de su familia, su esposa, su hijo. Por decirlo así, es un sufrimiento generado por la “ ignorancia sensible”, a la que está condenado. No puede tocar a sus familiares, no puede verlos, ni oírlos: por lo tanto, los ignora. La sensible ignorancia de Ulises se demuestra también en el XI libro, cuando se encuentra con su madre. El sufrimiento incontenible no sucede cuando la ve, sino cuando no la puede abrazar, cuando no la puede percibir de manera significativa. Podríamos decir que el suyo es un verdadero sufrimiento estético, de ahí la nostalgia. Hoy en día no es así: la distancia ya no es la matriz absoluta de la nostalgia. Esta es atenuada debido al avance de los sistemas de comunicación – telefonía, videollamadas, mensajería instantánea – todos diseñados para disminuir la sensación de lejanía. En cierto sentido, éstos juegan en nosotros una función anestésica, ya no solo porque sirven como paliativos para no percibir la nostalgia, o para ser más precisos: la estética. Paradójicamente no nos hemos desviado mucho de la figura de Ulises.

Por un lado tenemos el deseo de superar esas limitaciones, aventurarnos en otras realidades, en otras dimensiones, jugando con ellos y manipulándolos a nuestro antojo. Por otro, lado sin embargo, tenemos la inconsciente necesidad continua, que nos impulsa a querer llevar con nosotros esa rebanada de “mundo “ que debemos abandonar para viajar. No basta una foto: es la necesidad de una voz, y por qué no, la imagen de esa persona mientras habla. Tal vez en tres dimensiones, tal vez palpable, posiblemente real. En el fondo, leído desde esta perspectiva, el progreso de la ciencia no ha hecho más que ampliar los horizontes, con el compromiso de proporcionarnos un equipaje sin renuncias: llegar a los límites del espacio y ser capaz de publicar las fotos en Facebook. Todo siempre dirigido a resolver, si podemos, esa doble fuerza que necesita titanes solitarios al descubrimiento de lo prohibido, y al mismo tiempo, gobernados por una realidad en la que estamos a salvo.