Todo artista, en cualquier época y en cualquier lugar, imagina sus obras de arte en base a los esquemas propios del mundo en el que vive. Es decir, en relación con un contexto material y simbólico en el que se conciben, se plasman y circulan concretas representaciones de la realidad: discursos dominantes; modas; teorías; ideologías (más o menos explícitas) y en definitiva claves interpretativas de la vida que el artista hace suyas, interpreta o rechaza en función de su personal visión de ese mundo.

Escribe Zygmunt Bauman (Poznań, 1925) que en el mundo en el que vivían los jóvenes de su generación los mapas envejecían lentamente. A veces no envejecían para nada, ya que se consideraban “definitivos”. Las carreteras se construían una vez por todas y siempre llevaban al mismo sitio. En ese mundo, las obras de arte tenían un valor duradero e inmortal, capaz de resistir a las injurias del tiempo y a los caprichos del destino (Does Ethics Have a Chance in a World of Consumers?, 2008).

El mundo en el que vivimos hoy en día es muy diferente al que describe Bauman en relación a su juventud. Mucho ha cambiado a lo largo de las varias décadas que nos separan de ese mundo. En la primera mitad del siglo XX, época dorada de las vanguardias artísticas, los movimientos creativos competían entre sí a fin de demonstrar su valor, reivindicando su derecho a existir y a ocupar un lugar en la historia (del arte y no solo). Se daba por hecho, esto es, que dichos movimientos tuviesen una relevancia necesaria, una utilidad para la humanidad, que había que reconocer socialmente.

Quizás uno de los rasgos más destacados de una parte consistente de lo que llamamos hoy en día fenómenos artísticos sea la inclusión del azar en el modus operandi de muchos artistas. Desde que el principio de indeterminación (introducido por Werner Heisenberg en el campo de la física en 1927) se extendió a la filosofía, a las ciencias sociales y al ámbito de la creación artística, la noción tradicional de arte ha sido dinamitada. Object trouvé, collage, ready made, cadáver exquisito, action painting, arte de acción, performance, happening, arte conceptual, arte electrónico, net art, arte digital, arte efímero, arte relacional, arte sinestético… son sólo algunas de las técnicas, definiciones y disciplinas que han ido surgiendo a lo largo del siglo pasado y en este comienzo del siglo XXI para testificar (desde diferentes premisas y bajo diferentes formas y no-formas) la progresiva inclusión del azar, la pulsión y lo imprevisible, como elementos con una precisa función estética, en las viejas y nuevas metodologías de la creación artísticas.

Que la sorpresa, lo indeterminado, lo inesperado intervengan, más allá de la intención inicial del artista, en la realización de la obra de arte – que en muchas ocasiones ya se ha pasado a definir como “proceso”, “experiencia” o “evento”, enfatizando su naturaleza transitoria y deliberadamente perecedera – es algo que hoy en día tenemos cada vez más claro. Tenemos asumido, esto es, que hoy en día en el arte al igual que en nuestras vidas – en nuestro mundo – lo único del que podemos tener certeza es la incertidumbre.

Muchos de los artistas que trabajan en la actualidad, y especialmente los que pertenecen a las generaciones más jóvenes, representan y profundizan aspectos propios de su mundo a partir de una conciencia férrea, que estimula su imaginación artística y condiciona sus personales estilos creativos, de que hoy en día no existe ninguna verdad absoluta; ninguna realidad “dada” una vez por todas. Existen, o por lo menos parecen existir, siempre múltiples elecciones posibles, opciones alternativas, rutas que aparecen y desaparecen. Carreteras precarias que no llevan a ningún sitio. Mapas, esencialmente reversibles, que envejecen muy rápidamente o que hasta parecen imposibles de dibujar.

Photo: Rosana Antolí
My Animal Print. Video Performance. Video loop 5’19”. Felt 160 x 160 cm.
Audio Stereo. Madrid. 2012.
Music: Caçacervols. Performer: E. Monllor. Cortesía: Rosana Antolí.