La desarticulación de la noción del tiempo en el cine japonés contemporáneo.

En sus ensayos, Deleuze describió el paso a la modernidad cinematográfica como el tránsito de una imagen movimiento a una imagen tiempo. Continuando la secuencia, el crítico y académico Sergi Sánchez ve el nuevo paradigma digital como el de la imagen no-tiempo. Si el concepto de tiempo es el aspecto fundamental para analizar el cine reciente, una cultura tan inclinada a su apreciación estética como la japonesa, con la sucesión de las estaciones o la fugacidad de la belleza como emblemas de su sensibilidad, no puede ser indiferente a estas tendencias. En el Japón contemporáneo, de trenes de alta velocidad y estilo de vida frenético ¿qué forma toma la noción de velocidad en su cine? Veámoslo en algunos ejemplos.

Con Maborosi (Maboroshi no hikari, 1995), Koreeda llamó la atención internacional mostrando el mundo interno de una joven viuda en pugna por recomponer su estado de ánimo. En un plano estático de un paisaje abierto, un cortejo fúnebre que se toma más de tres minutos hasta atravesar toda la pantalla. Transcurre en tiempo real pero, paradójicamente, espectador y personaje en duelo comparten la experiencia de un tiempo que parece ralentizarse, eternizarse en el sufrimiento.

En Shara (Sharasôju, 2003), recorremos la ciudad siguiendo a pocos metros los largos paseos de sus personajes. El relato se abre con la desaparición de un niño y se acaba cuando el nacimiento de otro hijo sutura esa perdida. El tránsito, físico y vital, encarna un tiempo lineal: inicio, transcurso y final. Pero la realización de Naomi Kawase evoca un tempo simultáneo con su continua alusión a lo circular. Lo vemos cuando un corro de oradores budistas hace girar un gran rosario, lo sentimos cuando la construcción de una casa nueva sucede al derribo de una antigua o en el propio ciclo de vida y muerte. Concluido el parto, la imagen retrocede y abandona a los protagonistas, ascendiendo en movimiento circular por los cielos milenarios de Nara, la ciudad más antigua de Japón. La banda de sonido, ritmos sistemáticamente reiterados como martilleos, recitados de sutras o cantos de grillos, logra unificar la velocidad de dos realizaciones temporales paralelas. Shara hace visible la coexistencia de un tiempo lineal y limitado, el de la vida humana, la historia, con el tiempo inagotable de lo mítico y transcendente. ¿Hay percepción de velocidad si no existe el tiempo? parece plantear Picnic (1995). Enajenación y reclusión en un sanatorio, metaforizan el estado de atemporalidad de sus protagonistas. Leyendo la Biblia, deciden escapar juntos para presenciar el apocalipsis. Al transitan por los muros de la ciudad, sin descender al suelo, siguen fuera del tiempo, observando el mundo desde sus límites. La descreída Koko desconfía de lo leído: si todo empezó con su nacimiento, concluirá con su muerte. Sólo ella, no Dios, puede acabar con el mundo. La llegada al mar al atardecer les impide continuar su recorrido limonar. El tiempo se manifiesta ante ellos y permite a Koko demostrar su teoría. Dueña de su tiempo, le pone fin en un íntimo apocalipsis.

El mismo director, Iwai Shunji, usa todos los recursos audiovisuales en la escena inaugural de Todo sobre Lily (Riri shûshû no subete, 2001). Un chico aislado con sus auriculares en un arrozal, inscripciones superpuestas, propias de un chat de internet, que se suceden, montaje sincopado y por momentos incoherente. La emblemática escena, recurrente en una narración desarticulada, nos lleva a cuestionar la noción de temporalidad, que se revela innecesaria para un relato articulado con el mismo desorden en que se agolpan los recuerdos al intentar recrear nuestra propia memoria. ¿Cómo calcular la velocidad de un recorrido imposible de trazar? Tres cineastas surgidos con los nuevos medios técnicos, cuatro películas y proyectos temporales diferentes –estirando, contrayendo, desarticulando un tiempo proteico que se agota y renace, que es y no es– de acuerdo al nuevo contexto digital. Pero un nuevo paradigma impregna cualquier posibilidad de expresión artística.

El famoso estudio Ghibli, refractario a sustituir el acetato por los bits, presentó el pasado año Kaguyahime no monogatari (El cuento de la princesa Kaguya), último trabajo de Takahata Isao. La vocación artesanal del veterano realizador, toma cuerpo en una sensacional propuesta estética que recrea la leyenda popular desde el trazo elemental, el fondo impresionista y un color como de acuarela, donde se incluye una reveladora escena: la estricta instructora de la princesa le enseña un tradicional emaki, rollo de papel con narraciones ilustradas. Desplegando un fragmento rectangular del papel, no nos costará verlo como una alegórica pantalla, le insta a ir simultáneamente desplegando el rollo por un lado y recogiéndolo por el otro, en una cadencia sostenida que permita observar el relato. La inquieta joven rechaza esa visión unívoca del tiempo y despliega súbitamente el rollo entero. Saltando sin orden de una imagen a otra, recorre el dibujo a su antojo según lo que le llama la atención, creando nuevas conexiones narrativas más allá de la contigüidad. La mirada de la princesa celeste nos enseña a despreciar las reglas del tiempo, a generarlo y dotarlo de sentido. La velocidad del relato sólo responde a la voluntad del observador.

Afincado en Yokohama, Jose Montaño investiga sobre cine japonés contemporáneo, tratando de concluir su tesis doctoral centrada en la crítica cinematográfica.

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