Hace unos días llegó a mi buzón una publicidad de IKEA que decía “Visita nuestra exposición”. Recordé los pasillos de un solo sentido, los carteles estratégicamente colocados, el catálogo y un sistema antirrobo al final. Después recordé mi última experiencia en una exposición de arte, los pasillos de un solo sentido, los carteles estratégicamente colocados, el catálogo y un sistema antirrobo al final.

Me pregunto qué tienen en común un centro comercial y el trabajo de un artista. Me pregunto también por qué los formatos se parecen tanto: escaparates con halógenos y paredes con focos. La vida y el tiempo parecen detenerse en estos escenarios y todo tiene un aire artificial. Son espacios postizos, simulacros de convivencia fuera de la realidad. Algo parecido a lo que ocurre cuando sonríes detrás de la cortinilla de algún fotomatón, inmóvil y conteniendo la respiración mientras la gente al otro lado se mueve y grita.

Comparto con IKEA el concepto de arte como espacio de convivencia, pero real. Por eso decidí hace unos años dejar en la caja de herramientas la escarpia que sujeta las obras y sacarlas a la calle. Quizás la estrategia sea esa: dejar de sujetar. No plantear el arte como un discurso de un solo sentido sino como un espacio social que invite a pasar, a tocar (y también a pisar).

En las salas no hay lugar para la equivocación ni para el error. No hay riesgo, todo es estático. Cuando el arte se mezcla con la vida todo puede pasar. Nunca pienso en objetos terminados sino en situaciones o en acciones que se puedan transformar. Las personas las hacen suyas, las viven, las versionan y las mejoran.

En realidad la mayor parte del proceso está fuera de mí, pertenece a los demás. Recibo emails sobre temas o casos que las personas quieren tratar. Genero una propuesta, lanzo una convocatoria y pregunto quién quiere participar. Doy unas pautas que ellos tienen que interpretar. Acción. Documento. Vuelvo a soltar. Aquí el proceso también se me escapa y ya no soy yo quien lo difunde sino los demás. Luego hay versiones y variaciones que dan lugar a nuevas acciones en las que yo desaparezco por completo. Me acabo convirtiendo en espectadora de mi propia obra en otras manos y otros lugares.

Me gusta el color gris medio de la ciudad porque es el resultado de la suma de muchos colores y restos de actividad. Sin focos, a pelo, sin peanas. Caminantes que uno a uno pasan desapercibidos pero crean el paisaje general. Sin entrada ni salida. Sin sistemas antirrobos al final: que se la lleven, al fin y al cabo es lo mejor que me puede pasar.

Más info sobre el proyecto: http://www.yolandadominguez.com/project/poses-2011-2/
Gallery: Yolanda Domínguez, Versiones y making of de la acción Poses, 2011.